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Correr riesgos

Francisco Díaz

Profesor, Pontificia Universidad Católica de Chile, Santiago, Chile.

Proveniente del latín, el verbo «especular» quiere decir «observar desde la altura»1. A su vez, «especulador» significa «explorador» o «espía». Si lo que asemeja al espía y al explorador es ser alguien que se adelanta para luego comunicar lo que ve a quienes vienen más atrás, especular sería algo así como «ver por anticipado» pero no por beneficio personal, sino para que el colectivo pueda tomar mejores decisiones. Sin embargo, el especulador no es un oráculo. Es más bien alguien que observa lo que está pasando y concluye los escenarios probables que ello puede determinar. En otras palabras, la especulación es una observación que, cargada con un conocimiento acumulado que permite una lectura seria de las posibilidades, busca anticipar lo que puede ocurrir.

Los arquitectos estamos habituados a esto. Proyectar, a fin de cuentas, supone anticipar una posibilidad de futuro a partir de un conocimiento que hace que esa alternativa sea verosímil sin necesidad de ser real. Tanto así, que para la arquitectura es irrelevante si un proyecto se construye o no. Los arquitectos vivimos mostrando posibilidades. Sin darnos cuenta, vivimos de la especulación.

Pero no somos los únicos. Entendida como una conjetura sobre el futuro, la especulación presupone la incertidumbre respecto al porvenir. Así, si la variante arquitectónica nos presenta las posibilidades de ese futuro incierto, la especulación financiera apuesta por esa incertidumbre y la usa para obtener ganancias, ya sea aprovechándose del miedo a que las cosas no resulten bien (por medio de garantías o seguros) o de la necesidad de liquidez inmediata (a través de la compra y venta de deuda o el factoring).

Cuando ambas formas de especulación se encuentran en la ciudad, la reacción no es necesariamente virtuosa. Los dueños del suelo especulan con los retornos que les traerá su multiplicación, mientras que la arquitectura deja de especular con posibilidades y, habitualmente, elige irse ‘a la segura’. De ahí surge esta extraña fórmula tácita en la cual la especulación financiera y la arquitectónica son inversa-mente proporcionales.

En este número de ARQ presentamos casos que resisten a este axioma y aún especulan con las posibilidades y contra-dicciones de la arquitectura. En un mundo en un estado de crisis permanente, Liam Young nos recuerda que el riesgo es justamente no especular. Gramazio Kohler Architects nos muestran una infraestructura para probar las especulaciones arquitectónicas a escala real. Guarano, Raschillá, Ruiz y Faúndez especulan sobre cómo el fracaso de la Trienal de Milán de 1968 abrió la puerta para el surgimiento de la Bienal de Venecia. Igor Fracalossi nos enseña un método de diseño que deja el espacio abierto para un resultado incierto. Riccardo Villa plantea que el trabajo que se desperdicia al perder un concurso puede transformarse en un capital que acumula una oficina. El edificio de Beals Lyon para el metro de Santiago nos muestra cómo se puede aprovechar el suelo urbano sin necesidad de especular con él. Daniel Díez argumenta que el lobby de los desarrolladores inmobiliarios puede llegar a estrangular la especulación arquitectónica. MAIO logra que la especulación arquitectónica sea un agente de cambio en la forma habitual en que se piensan los edificios inmobiliarios. Galli Rudolf Architekten presenta un edificio de viviendas en que la diversidad de posibles habitantes permite especular con una cantidad inusual de departamentos distintos. Encinas, Aguirre, Truffello e Hidalgo discuten los sustentos de la noción de ‘riesgo’ que supuesta-mente justifica la especulación inmobiliaria. Ateliers Jean Nouvel desarrolla un edificio en que la especulación financiera empujó la especulación arquitectónica. Finalmente, ante la pregunta sobre una posible burbuja inmobiliaria en Chile, el debate presenta dos posturas que, desde distintos ángulos, no dejan de ser especulaciones.

Estos casos no fueron simples de encontrar, pues la especulación arquitectónica parece tener cada vez menos adeptos. No es difícil ver arquitectos cuestionando su validez mientras guardan silencio frente a la especulación financiera. Así, cuando el planeta parece ir directo al despeñadero, la única especulación que aceptan es justo la que nos lleva en esa dirección, olvidando que, hoy por hoy, apostar por ganancias a futuro es más utópico que cualquier idea que los arquitectos podamos proponer.

A diferencia de lo que indica su connotación peyorativa – hacer una conjetura sin fundamentos – la especulación supone correr un riesgo y, por ende, debe basarse en un escenario verosímil. Quizás por eso sea aceptable especular con la extinción de la raza humana, mientras que plantear que la humanidad cambie sus costumbres para evitar su extinción sea considerado idealista o ingenuo. Hemos llegado al punto en que la primera parece más verosímil que la segunda.

Pero si la arquitectura que valoramos es aquella que se ha atrevido a correr riesgos, ¿en qué momento dejamos de especular con futuros posibles y nos conformamos con operar en el aquí y ahora? ¿No será justo ahora, ante la amenaza real de nuestra extinción, cuando más necesario es volver a especular con posibilidades distintas? La arquitectura es uno de los pocos campos que permite «observar desde la altura» para especular con un mundo basado en coordenadas distintas. Ojalá que este número de ARQ logre ser un impulso para esa dirección. Tal como indica Liam Young, el único riesgo es no especular.

[1] Proveniente del latín speculatus o speculari, que significa «espiar» o «examinar». Speculate. (verb). En Merriam-Webster’s dictionary. © 2019 Merriam-Webster, Incorporated. <https://www.merriamwebster.com/dictionary/speculate> Accedido el 11 de julio de 2019.