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Sublime natural, sublime tecnológico. Debates en torno a la valoración de la naturaleza en el río Pilmaiquén, Chile (1920-1945)

Rodrigo Booth

Profesor asociado, Departamento de Arquitectura, Universidad de Chile, Santiago, Chile.

La discusión de si la naturaleza está o no al servicio del hombre ha estado en la palestra en las últimas décadas. El cambio climático ha revalorizado la importancia de aquella naturaleza que en algún momento se pensó en domar. A través del caso de una central hidroeléctrica en el sur de Chile, este texto analiza las formas en que ha cambiado la visión de la naturaleza en nuestro país: como destino turístico, como fuente de energía, como materia prima y, recientemente, como monumento.

Introducción
En los últimos años ha cambiado la valoración que tenemos sobre la naturaleza, pasando de ser un objeto de interés únicamente económico a un sujeto de derechos cuya integridad debe ser resguardada. La dicotomía de la percepción de la naturaleza como commodity no es nueva, sino que ha marcado las relaciones entre lo humano y lo natural en la modernidad. Sin embargo, la urgencia de evitar una catástrofe ecológica – como la que anticipa la emergencia climática actual – hace imperioso el estudio de la dimensión ambiental de la historia. Así, toma valor la comprensión de la naturaleza como articuladora de nociones estéticas (lo bello, lo sublime, lo pintoresco, lo maravilloso, etc.), en contrapunto a su definición como mercancía. Esta tensión se observa en los antiguos saltos del río Pilmaiquén, ubicados en el sur de Chile, que fueron transformados en la primera central hidroeléctrica de la Empresa Nacional de Energía S. A. (Endesa) a comienzos de los cuarenta. La instalación de estas infraestructuras energéticas secó los saltos de agua e introdujo nuevas nociones estéticas referidas a lo natural y lo tecnológico.

Figura 1. Saltos del río Pilmaiquén, 1927. Fuente: Postal Ministerio de Fomento, Chile

Figura 2. Saltos del río Pilmaiquén, 1940. Fuente: Autor desconocido

En Chile, la legislación sobre la conservación de la naturaleza y de los bosques como recurso natural tiene aproximadamente cien años (Camus, 2006). La formación de los primeros parques nacionales en la Araucanía y la parte norte de la Patagonia – exploradas desde mediados del siglo XIX – propuso conservar porciones del territorio valorados por cualidades escénicas particulares, una tonalidad espiritual del paisaje, una Stimmung, en palabras de Georg Simmel, que motivaba un sentimiento común del observador hacia las elementos naturales1. Una reforma a la ley de parques nacionales realizada en la década de 1980, bajo la dictadura cívico-militar de Augusto Pinochet, dio a ciertos lugares el estatus de monumento natural, otorgando relevancia a lugares que contenían una idea de lo nacional. Tal como ocurrió con los parques nacionales, la mayor parte de los monumentos naturales se situaron en la zona sur de Chile2. Lagos, lagunas, volcanes, saltos de agua, montañas, salares, formaciones rocosas, cuevas y bosques, además de una serie limitada de especies vegetales y animales endémicos, tienen la calificación legal de monumento natural.

Figura 3. Endesa. Saltos del río Pilmaiquén, 1927

Lo cierto es que las opiniones sobre la consideración de la naturaleza como objeto monumental son divergentes. El uso de la fuerza natural para la producción de electricidad es uno de los ejemplos más claros de esta condición (Nye, 1990). Así como se ha modificado la idea de lo natural, también se ha transformado la noción de lo sublime en la relación entre el observador y el objeto observado. La presencia humana frente a la naturaleza ignota durante el siglo XIX definió el paisaje de la Araucanía y la Patagonia a través de la noción estética de lo sublime, esa sensación de terror y muerte causada por la observación de un objeto natural que se muestra amenazante y violento frente a la pequeñez de la experiencia humana, tal como fue definida por la filosofía romántica por autores como Edmund Burke o Immanuel Kant3. La instalación de infraestructuras en esos territorios desconocidos modificó la percepción sublime de observación de la naturaleza, que ahora estaba dominada por la presencia de tecnologías de grandes dimensiones. Estas fueron interpretadas por el historiador David E. Nye como un ‘nuevo sublime tecnológico’ que se ha impuesto en la experiencia humana en relación con el paisaje (1994). Esto se observa en el sur de Chile, por ejemplo, a través del registro fotográfico realizado por Gustave Verniory sobre la construcción del ferrocarril de la Araucanía a fines del siglo XIX (2012).

Una consideración sobre las nociones estéticas de la naturaleza y su transformación en objeto tecnológico también requiere prestar atención a aquellos aspectos éticos cambiantes en la relación de las personas con los entornos naturales, tal como se ha observado en las últimas décadas, donde la protección de la naturaleza se ha vuelto un tema significativo para la cultura contem-poránea al entender el Antropoceno como era geológica y como signo de los problemas de nuestro tiempo. Una nueva ética ambiental surgida especialmente a partir de la vinculación de los pueblos ancestrales con la tierra y los efectos de la crisis climática ha requerido también un reposicionamiento de las sociedades contemporáneas ante la naturaleza4.

Bosques, aguas y el sublime natural en Pilmaiquén
Aunque la categoría de monumento natural se legalizó en Chile a mediados de los ochenta, muchos sitios de atractivo turístico que se establecieron a fines del siglo XIX y comienzos del XX responden a la idea genérica de monumento natural. Se trata de objetos de la naturaleza de grandes dimensiones que impactan al espectador por su tamaño, por sus sonidos o por su potencial peligro. Todos ellos caben también en la categoría de lo sublime natural5. Entre ellos se destacan muchos saltos de agua y ríos caudalosos. Los más importantes en el siglo XIX fueron los saltos del río Laja, ubicados en la provincia de Biobío, una zona que marcaba el extremo sur del territorio chileno hasta mediados de ese siglo. Esta región se encuentra en la actualidad afectada por la sobreexplotación de los recursos hídricos provocada tanto por la normativa ultraliberal de derechos de agua que se impuso en Chile en 1981 como por las plantaciones forestales de monocultivo de pino, que en conjunto con la crisis hídrica generada por el calentamiento global han contribuido a disminuir el caudal de los ríos y, con ello, a reducir las dimensiones de los antaño impresionantes saltos del Laja.

Figura 4. Esquema Máquinas. Central hidroeléctrica Pilmaiquén, Endesa. Fuente: Archivo del autor

Más al sur, en la Araucanía/Wallmapu y en la Patagonia chilena, las condiciones pluviométricas favorecen la concentración de gran parte de las reservas de agua dulce fuera de los círculos polares. Por eso no es raro observar allí ríos caudalosos que atraviesan áreas de fuertes pendientes que permiten la formación de cataratas de diferente tamaño. Se trataba de paisajes donde predominó una naturaleza salvaje e ignota hasta que comenzó a ser controlada por el Estado chileno en la segunda mitad del siglo XIX. La exploración del territorio permitió que estos espacios, otrora desconocidos, pasaran a formar parte de una secuencia de imágenes del territorio: volcanes, ríos, lagos o bosques a los que se unieron ideas reconocibles de lo nacional (Booth y Valdés, 2016).

Figura 5. Esquema desvío de aguas. Central hidroeléctrica Pilmaiquén, Endesa

En esta zona todavía se concentra gran parte de la población indígena de Chile. El pueblo mapuche considera la naturaleza como parte de su cosmovisión (Foerster, 1993; Villagrán y Videla, 2018). Por ejemplo, el volcán Villarrica es conocido por los mapuche como el Ruka-Pillán, es decir, la casa del Pillán, el espíritu mayor del panteón mapuche. En este contexto cultural los ríos caudalosos son interpretados como fuente de la vida y los saltos de agua como un punto de conexión entre el mundo habitado en la tierra y los espíritus que gobiernan en el cielo. Esta interpretación se hace especialmente relevante al tener presente cómo los ríos torrentosos han sido amenazados por la instalación de grandes infraestructuras, como las centrales Ralco y Pangue, desarrolladas por Endesa en el alto río Biobío desde los noventa.

Desde una óptica nacional chilena, los saltos del río Pilmaiquén, ubicados en la provincia de Osorno, en las proximidades del lago Puyehue, fueron destacados en todas las guías de viaje chilenas de las décadas de los veinte y treinta como lugares que debían ser visitados por cualquier turista interesado en conocer las maravillas naturales de un Chile todavía salvaje (Booth, 2008). La guía titulada Turismo en las provincias australes de Chile, editada en 1920, describe este lugar del siguiente modo:

Es una sensación indescriptible la que recibe el caminante que atravesando bosques tupidísimos se halla de súbito frente a un panorama que en hermosura y magnificencia no encuentra otro en su género en toda la República: el caudaloso Pilmaiquén que se desliza por entre bosques vírgenes, se despeña desde una altura de treinta metros a un abismo cuyas paredes se ven engalanadas con el primoroso follaje de innumerables helechos. Esta catarata de tan imponente aspecto es uno de los preferidos para excursiones veraniegas (Gerike, Manríquez y Thies, 1920:130).

Los saltos del Pilmaiquén se encontraron en medio de una propiedad privada hasta mediados de los treinta. Desde finales de la década anterior, el Estado venía promoviendo una política de fomento al turismo que se concentró especialmente sobre la zona sur del país, en la antigua frontera con el pueblo mapuche, como parte de un proceso de anexión de esta región y de nacionalismo que valoró las condiciones del paisaje del sur. En 1930, la publicación de la ley 4.868 autorizó al gobierno de Chile a expropiar terrenos para fomentar el turismo y construir hoteles en los lagos Todos los Santos, Llanquihue, Villarrica y en los saltos del Pilmaiquén6. Cinco años más tarde, el presidente Arturo Alessandri propuso al Congreso Nacional un proyecto de ley destinado a expropiar el sitio en que se encontraban los saltos del río Pilmaiquén para destinarlo al fomento del turismo. En su mensaje al congreso, el presidente de la República señalaba que entre las atribuciones del Servicio Nacional de Turismo se encontraba «velar por la conservación de las bellezas naturales del país (y) entre estas, incuestionablemente, una de las más dignas de ese cuidado y protección es el salto del Pilmaiquén» (Congreso Nacional, 1935:725).

La ley para la expropiación de los saltos fue aprobada rápidamente, pasando a ser un espacio de interés público administrado por el Estado7. Esta acción concordaba con una política nacional favorable a la construcción de hoteles y al fomento del turismo en las regiones australes de Chile, en la zona conocida hoy como Araucanía/Wallmapu y la Región de Los Lagos, que, luego de ser conocida como «la frontera», pasó a ser llamada informalmente la «Suiza chilena», dadas sus particulares cualidades escénicas. El fomento del turismo fue organizado por la Empresa de los Ferrocarriles del Estado como una forma de reorientar el negocio del transporte de cargas, severamente debilitado a raíz del declive del comercio que siguió a la crisis de 1929. En ese sentido, el fomento del turismo en Chile es una consecuencia indirecta de la Gran Depresión. En la «Suiza chilena» había una gran cantidad de lagos de origen glaciar, bosques húmedos, numerosos volcanes y el perfil nevado de la cordillera de los Andes, tal como se aprecia en numerosas imágenes de la difusión turística de los saltos de Pilmaiquén. Algunas circularon en forma de postales editadas por la Sección de Turismo del Ministerio de Fomento o editadas por empresas privadas, como Foto Mora.

Figura 6. Infografía de centrales hidroeléctricas en el sur de Chile, 1944. Fuente: Archivo del autor.

El sublime tecnológico en la central hidroeléctrica de Pilmaiquén
Resulta paradójico que la transformación económica que significó para Chile la crisis económica internacional de 1929 haya promovido simultáneamente la conservación de algunos escenarios naturales para desarrollar el turismo y mantener con ello el negocio ferroviario y, al mismo tiempo, haya requerido de una transformación profunda de la naturaleza para permitir la generación de fuerza eléctrica. En efecto, la dramática reducción del Producto Interno Bruto (PIB) tras la caída de la bolsa de Nueva York generó la peor crisis económica que recuerde Chile. Cuando la economía del país volvía a los indicadores previos a la crisis, en enero de 1939, un gran terremoto afectó a la región más productiva de Chile: el terremoto de Chillán mató a cerca de 30.000 personas y destruyó gran parte de la capacidad económica del centro del país. Como respuesta a esta catástrofe socio-natural, el Estado creó la Corporación de Fomento a la Producción (Corfo) y la Corporación de Reconstrucción y Auxilio, organismos que tenían el propósito de organizar el desarrollo productivo y reconstruir las áreas dañadas por el sismo. La producción industrial requería de la provisión de energía eléctrica que hasta entonces el Estado chileno no estaba en condiciones de producir. Por ello, el primer Plan de Fomento de la Producción Eléctrica publicado en 1939 por el ingeniero Raúl Simón y avalado por las autoridades nacionales consideraba la fuerza de las aguas de los ríos del sur de Chile para abastecer de energía a las nuevas industrias (Simón, 1939). La modernización industrial modificó la mirada sobre los ríos caudalosos y los saltos de agua: rápidamente, luego de considerarse objetos maravillosos a ser conservados, los saltos del Pilmaiquén se convirtieron en fuente de una energía nueva que debía ser explotada. Esta coyuntura llevó a que en sólo cinco años se produjera una transformación ética que avalaba la destrucción de un monumento natural para dar paso a una central hidroeléctrica.

Figura 7. Máquinas en Central Hidroeléctrica Pilmaiquén, 1944.

Los saltos del Pilmaiquén fueron los primeros saltos de agua del sur de Chile que fueron considerados en el plan de 1939. La propiedad estatal de los saltos – establecida sólo cuatro años antes para «velar por la conservación de las bellezas naturales» – fue utilizada para dar inicio a un plan de electrificación que beneficiaría a la industria local. Chile carecía de recursos carboníferos y prácticamente todo el petróleo utilizado en el país era importado, por lo que se consideraba que los recursos hídri-cos eran los apropiados para la producción de energía. En 1940 fue creada Endesa, como filial de Corfo, poniendo en marcha el plan de construcción de centrales hidroeléctricas en la Araucanía/Wallmapu y en la parte norte de la Patagonia chilena. Ese mismo año se iniciaron los trabajos para la construcción de una central de paso en los saltos del río Pilmaiquén, lo que implicaba construir una pequeña represa y un embalse artificial, desviar las aguas y dirigirlas entubadas hacia las turbinas que serían alimentadas con la fuerza hidráulica de la pendiente. Ello significó la desecación de los saltos de agua, eliminándose uno de los principales sitios de atractivo turístico del sur de Chile. La Central Hidroeléctrica Pilmaiquén comenzaría sus operaciones en 1944.

Es interesante constatar que gran parte de la información producida en torno a la construcción de esta central hidroeléctrica destacaba su instalación como una manifestación del progreso nacional. La revista Zig-Zag, por ejemplo, manifestó continuamente su entusiasmo por las obras desarrolladas en medio del bosque, que signaban la electrificación como marca del progreso de la nación (Zig-Zag, julio de 1941). Tal era la importancia que se le otorgaba a la construcción de esta obra pública que esta revista no escatimaba esfuerzos para situar las operaciones de transformación del territorio en una verdadera propaganda moderna, estableciendo, por ejemplo, que la construcción de la central hidroeléctrica implicaría sólo una breve interrupción del caudal de aguas del río Pilmaiquén mientras durara la construcción de la obra (Zig-Zag, agosto de 1941). Si bien la continuidad del río y, por lo tanto, la pervivencia de los saltos fueron sólo una situación circunstancial que se redujo a efímeros episodios en los que la crecida de las aguas del lago Puyehue lo permitieron, las publicaciones del período sobre la cons-trucción de la central no ocultan que la transformación del paisaje era el costo que había que pagar por acercar a Chile al mundo moderno (Zig-Zag, julio de 1943).

En un folleto promocional publicado en 1944 como parte de las actividades de inauguración de la Central Hidroeléctrica Pilmaiquén se expone claramente cómo la acción humana transformaba la naturaleza en un nuevo monumento tecnológico. Junto a planos de ingeniería, la infografía sobre la circulación de la electricidad en el sur y las fotografías de los avances de las construcciones, la empresa de electricidad destacaba que:

En medio de un bosque se alzó la casa de máquinas. Ha sido un verdadero símbolo. La vegetación sirve de respaldo a la obra del hombre. Así es para Chile la electricidad: riqueza virgen que se empieza a descubrir. Desaparecen los árboles y se está en la casa de máquinas. Ese acero y esos hombres entregarán la electricidad (Endesa, 1944).

Figura 8. Construcción sala de máquinas, Central Hidroeléctrica Pilmaiquén, 1944. Fuente: Archivo del autor

Desde la década del treinta – cuando se implementó la política nacional de electricidad – y aproximadamente durante cincuenta años se antepuso la productividad y el desarrollo industrial ante cualquier argumento que buscara conservar aquellos monumentos naturales como los ríos y los saltos de agua que podrían ser aprovechados para la producción de electricidad. El registro celebratorio de la capacidad del Estado chileno para producir energía eléctrica empleando las maravillas de la naturaleza fue un consenso transversal a lo largo de la segunda mitad del siglo XX. Para todos esos gobiernos, la productividad del país requería de la fuerza hidráulica de los ríos y no cuestionaron la transformación del sublime natural en un sublime tecnológico, promovido por imágenes desarrolladas tanto por Endesa como por parlamentarios de todos los colores políticos, prensa escrita y registros visuales asociados a la construcción de estas infraestructuras. El caso de Pilmaiquén es paradigmático por ser el primero en su clase, pero lo cierto es que varias centrales hidroeléctricas construidas en la Araucanía/Wallmapu y en la Patagonia siguieron un trayecto similar: la paradoja de considerar las bellezas naturales como patrimonio turístico y el valor que se daba al sublime natural vinculado al carácter salvaje de esta región no lograron contener el ímpetu de la industrialización y el objetivo del desarrollo tecnológico como única forma de alcanzar una modernidad pretendida en un entorno material siempre precario como el de Chile. En este contexto, las centrales hidroeléctricas construidas en el sur fueron consideradas un orgullo nacional, aunque ello implicara devastar la naturaleza preexistente.

Esto siguió de la misma manera hasta comienzos de la década del noventa, cuando dos elementos confluyeron para rearticular un nuevo programa de defensa de la naturaleza y de los espacios ancestrales ocupados por los mapuche. Por una parte, el fin de la dictadura de Augusto Pinochet permitió un nuevo proceso de organización de la sociedad civil que disputó las decisiones autoritarias tomadas por diversos gobiernos, considerando críticamente el daño infligido a la naturaleza del sur de Chile; por otro lado, la organización de los movimientos indígenas, y particularmente del movimiento mapuche, exigió que el Estado chileno cumpliera con los compromisos internacionales que lo obligaban a consultar a las comunidades en el caso de la instalación de grandes infraestructuras que afectaran territorios ancestrales. Esto se observa por primera vez en las propuestas de cons-trucción de dos megarrepresas en el alto río Biobío, las centrales Pangue y Ralco (puestas en servicio entre 1996 y 2004), obras de infraestructura monumental que inun-darían un cementerio pehuenche y territorios habitados por indígenas. Los debates acerca de los usos productivos o simbólicos de la naturaleza inauguraron también una nueva relación conflictiva entre el Estado de Chile y los movimientos sociales mapuche.

Figura 9. Situación actual de los saltos del río Pilmaiquén, 2019. ©Rodrigo Booth

Conclusiones: ¿la naturaleza como monumento?
La construcción de la Central Hidroeléctrica Pilmaiquén a mediados del siglo XX es un buen ejemplo del cambio en la mirada hacia la naturaleza prístina del sur de Chile, que desde fines del siglo XIX era observada no sólo como un receptáculo de bellezas naturales o de nociones estéticas como lo sublime, sino también como fuente de recursos para la industrialización. Esta condición ambivalente continúa hasta la actualidad, cuando las transformaciones humanas del paisaje han provocado una crisis ambiental cuyos efectos resultan aterradores. La preocupación del ambientalismo y de los movimientos indígenas actuales ha llevado a cuestionar la instalación de nuevas centrales de paso en el mismo río Pilmaiquén, donde se instaló la primera infraestructura de Endesa.

Este tipo de conflictos excede con mucho al ámbito específico de las transformaciones de antiguos saltos de agua en obras de ingeniería para la producción de electricidad y podemos verlo en una gran cantidad de ejemplos en los que se han tensado las relaciones entre lo humano y lo natural, modificando las percepciones sensibles ante el paisaje. Otro de estos casos podría corresponder a la destrucción de uno de los monumentos de Occidente: el incendio de la catedral de Notre Dame en París, que no sólo remeció a la opinión pública internacional, puso en el centro de la atención global la precariedad de la conservación y generó una enorme marea de donaciones millonarias, sino que también estableció un intenso debate sobre el uso de la madera en la construcción de edificios históricos, algo que fue recogido de forma casi inmediata en Chile, donde el excanciller y exsenador Ignacio Walker fue uno de los primeros en reaccionar, preguntándose a través de Twitter por qué este país no ofrecía madera para la reconstrucción de la catedral de París8. El mismo día de ese comentario, el presidente de la República Sebastián Piñera ofreció a su homólogo francés Emmanuel Macron todo el cobre y la madera que fuera necesaria para la reconstrucción de Notre Dame9. Esta oferta, sin ningún efecto práctico, puede considerarse como una estrategia para posicionar a Chile, un país productor de commodities mineros, como un colaborador ante la emergencia que sufría el patrimonio arquitectónico francés.

Resulta interesante el debate generado por el ofrecimiento chileno de donar madera para la reconstrucción de Notre Dame. Allí aparecieron tensiones sobre lo que se entiende por monumentos históricos, como también sobre la condición monumental que en ciertas circunstancias adquieren los objetos naturales. De hecho, la tala de árboles para ser donados a Francia suscitó un rechazo en la opinión pública chilena, que consideró que la entrega de madera era un error10. En el campo arquitectónico, una serie de equívocos de público conocimiento permiten explicar que todavía no existe un consenso acerca del valor la naturaleza. En una carta publicada por el diario El Mercurio el 18 de abril pasado, el arquitecto y profesor de la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Chile, Juan Lund, proponía que la donación de madera ofrecida por el Estado de Chile se obtuviera de árboles nativos, quizá el mismo tipo de árboles que pudieron ser talados para dar paso a la central hidroeléctrica de Pilmaiquén. La observación de Lund indicaba, según el juicio de una experta francesa que había circulado en la prensa chilena, que en ese país ya no existían bosques con árboles que dieran la madera apropiada para elaborar las piezas requeridas para la reconstrucción de la techumbre de Notre Dame. Este arquitecto proponía entonces la donación de coigües, que poseen «un tronco recto que llega a tener hasta cuatro metros de diámetro, que puede perfectamente reemplazar la encina original de la malograda catedral» (Lund, 2019).

Este comentario, presentado en un medio de comunicación masiva como El Mercurio, generó un amplio rechazo en Facebook y Twitter, especialmente entre aquellos que consideraban que talar árboles endémicos, protegidos por la legislación chilena, era un crimen contra la naturaleza local. Pocos días después, el profesor de la Facultad de Ciencias Agronómicas de la Universidad de Chile, Álvaro Gutiérrez, publicaba una réplica a la carta anterior titulada «¿Cortar Monumentos?» en la que se refería críticamente a la propuesta de Lund, explicando que después de medir más de 650.000 árboles nativos en Chile sólo unos 50 ejemplares superaban los 2,5 metros de diámetro y que sólo un ejemplar vivo conocido se acercaba a los 4 metros. Desde la ciencia agronómica, exponía Gutiérrez, estas especies son denominadas «árboles monumentales» y constituyen «un patrimonio natural vivo, de relevancia global» (Gutiérrez, 2019). La carta del científico cerraba el debate estableciendo que «en Chile no tenemos monumentos arquitectónicos como Notre Dame, pero tenemos monumentos naturales que debemos empezar a cuidar» (Gutiérrez, 2019). Con ello, señalaba la importancia que la conservación de la naturaleza endémica tiene en un contexto de acelerados cambios sociales y tecnológicos que han puesto al planeta en una situación de frágil sustentabilidad ecológica. En los tiempos actuales, podríamos inferir, ya no es posible ignorar la importancia que la naturaleza tiene y no podemos someterla ni a los avances de la tecnología ni a la conservación del patrimonio material. La misma naturaleza ha adquirido un nuevo estatus patrimonial que vale la pena proteger.

1 Sobre la idea de Stimmung consultar (Simmel, 2013: 18).

2 En cuanto a la concentración de lugares de interés paisajístico en el sur de Chile consultar Booth, 2010.

3 Sobre las ideas románticas de lo sublime desarrolladas durante el siglo XVIII consultar, entre otros, (Burke, 2005) y (Kant, 1990).

4 Sobre cuestiones de ética ambiental, consultar el trabajo que compila algunos de los textos más significativos de Holmes Rolston III, Terre objective. Essais d´Étique environnementale. París: Éditions Dehors, 2017.

5 Un excelente trabajo de reflexión contemporánea en torno a la idea de lo sublime en la naturaleza puede encontrarse en el libro del filósofo Remo Bodei, Paisajes sublimes. El hombre ante la naturaleza salvaje. Madrid: Ediciones Siruela, 2011.

6 Consultar «Ley Nº 4.868 del 30 de julio de 1930. Autoriza al presidente de la República para construir hoteles y establecimientos similares en las regiones vecinas a los lagos Todos los Santos, Llanquihue, Villarrica y salto del Pilmaiquén». Una aproximación general a las arquitecturas turísticas de Chile en Macarena Cortés (ed.), Turismo y Arquitectura Moderna en Chile. Santiago: Ediciones ARQ, 2014. Sobre la arquitectura de Ferrocarriles del Estado en el lago Villarrica ver Rodrigo Booth y Cynthia Lavín. «Un hotel para contener el sur». ARQ 85 (2013): 56-61.

7 «Ley Nº 5.754 del 7 de diciembre de 1935. Destina fondos a fin de expropiar el sitio de turismo denominado ‘El salto del Pilmaiquén’, y los terrenos que lo circundan».

8 Tweet del 18 de abril de 2019 https://twitter.com/ignaciowalker/status/1118867309282639873.

9 «Piñera ofreció donar cobre y madera al presidente de Francia para la reconstrucción de Notre Dame», CNN Chile, 18 de abril de 2019 https://www.cnnchile.com/pais/pinera-ofrecio-cobre-madera-notre-dame_20190418/.

10 «Ignacio Walker es abucheado en redes tras sugerir que Chile regale madera a Francia para Notre Dame» en El Mostrador, 19 de abril de 2019 <https://www.elmostrador.cl/dia/2019/04/18/ignacio-walker-es-abucheado-tras-sugerir-que-chile-regale-madera-a-francia-para-notre-dame/>.

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Rodrigo Booth

Historiador y doctor en Arquitectura y Estudios Urbanos, Pontificia Universidad Católica de Chile, 2003 y 2009. Entre 2009 y 2011 fue investigador postdoctoral en Université de la Sorbonne Nouvelle Paris y en 2013 fue profesor invitado en Université de Strasbourg. Ha desarrollado investigaciones en torno a la historia de la arquitectura, la ciudad y el territorio, con particular acento en las tecnologías de la movilidad y el turismo. También ha investigado la historia de la fotografía industrial en Chile. Es profesor asistente en el Departamento de Arquitectura de la Universidad de Chile.