A Medio camino

En 1455, pocos años después de inventar los tipos móviles, el primer libro que Gutenberg imprimió completo fue la Biblia. Quizás de ahí heredamos la idea de que lo que llega a imprimirse no es sólo lo que debe estar disponible para la esfera pública (‘publicado’), sino que también aquello que merece ser conservado en un medio físico: el papel. Si bien esa intención todavía puede ser válida, la masificación de la impresión en las últimas décadas permite cuestionar el formato: ¿realmente todo merece ser publicado y conservado? ¿No será que publicamos, más bien, por la ansiedad de insertarnos en una historia mayor con la vaga esperanza de que el futuro se fije en lo que hacemos hoy?